| Esta sección muestra cómo los sentidos del gusto y el olfato juegan un papel importante en la percepción de los gatos y cómo estos influyen en su en su gusto por algunos alimentos. |
El gusto y el olfato son sentidos vitales en el comportamiento alimenticio de los gatos y juegan un papel importante en determinar la palatabilidad de las comidas de mascotas. La información suministrada a continuación trata sobre la fisiología de estos importantes sentidos.
Gusto
Olfato
El órgano vomeronasal
Puntos claves
Gusto
El sentido del gusto está confinado a la lengua, el paladar y la epiglotis, y por esto solamente es sensible a las sustancias que se introducen a la boca. Nuestra sensación de sabor es una combinación entre el gusto y el olor de la comida percibido por la nariz, por lo que es razonable suponer que los gatos también perciben algo parecido al sabor. La mayor parte de las papilas gustativas en los gatos son estructuras en forma circular agrupadas en papilas fungiformes en la parte superior de la superficie de la lengua y también en cuatro a seis grandes grupos de papilas redondeadas, con forma de taza (vállate), que se encuentran en la parte posterior de la lengua. La forma de estas papilas gustativas es diferente a las de cualquier otro animal, aunque el significado funcional, si existe alguno, es desconocido.
Casi todo nuestro conocimiento sobre el sentido del gusto en los gatos proviene de trabajos neurofisiológicos realizados en la escuela veterinaria; este conocimiento, a diferencia del que se tiene sobre los sentidos del oído, la visión y el olfato, está pobremente respaldado por estudios de conducta sobre umbrales y discriminaciones. Existen cuatro nervios craneales: el facial, el glosofaríngeo, el vago y el trigémino, los cuales probablemente transportan la información sobre las sensaciones de gusto desde la lengua y el paladar. El nervio facial enerva las papilas gustativas ubicadas solamente en las dos terceras partes frontales de la lengua y es poco probable que transmitan información representativa de toda la lengua. Sin embargo, estudios detallados del espectro de componentes ante los cuales estas papilas gustativas responden, tanto en gatos como en perros, han indicado que las especificaciones del sistema del gusto facial pueden ser racionalizados en términos de orígenes evolutivos.
En los gatos las papilas gustativas más abundantes son aquellas que responden a muchos aminoácidos, aunque algunos con cadenas laterales hidrofóbicas, tales como el L-triptofán, L-isoleusina, L- arginina y L-fenilalanina, pueden inhibir las descargas espontáneas de las neuronas; de estos enlaces, sólo L-triptofán es un inhibidor para el perro. Estos componentes son los que producen en el hombre el gusto amargo y es muy probable que los gatos experimenten algo similar. Igualmente, los mononucleótidos de fosfato son inhibidores de estas neuronas y pueden ser en gran parte responsables de que al gato no le guste la carroña (tejido muerto).
La mayor diferencia entre los perros y los gatos es la carencia de respuesta por parte de los gatos a cualquier tipo de azúcar y esto es respaldado con evidencias de conducta. El segundo grupo más abundante de receptores gustativos son las unidades ácidas, las cuales son estimuladas por componentes similares en ambas especies. Estos componentes incluyen el ácido fosfórico, el ácido carboxílico, el trifosfato nucleótido, histidina, dipéptido histidina e imidazoles protonados. Algunos aminoácidos, incluyendo compuestos de sulfuro, L-taurina y L-cisteína, también provocan respuestas positivas sustanciales, particularmente en el perro.
Las otras unidades no son tan bien definidas; todas descargan en respuesta a difosfato y trifosfato nucleótidos, tanto en perros como en gatos, pero se pueden identificar subgrupos, basados en la sensibilidad a otros grupos de componentes. Uno de estos grupos es estimulado por una diversidad de sustancias, como la quinina, los alcaloides, el ácido tánico, el ácido málico y el ácido fítico.
Las unidades que responden a los nucleótidos son usualmente encontradas en los animales carnívoros; los receptores análogos son conocidos en los peces globo y en algunos artrópodos que chupan sangre. Las unidades ácidas muestran un perfil químico de respuesta diferente a aquel de los que son omnívoros y la pérdida de la respuesta frente a los azúcares en los gatos puede ser una adaptación extrema a la ingestión de carne. Presumiblemente, ambas unidades, los aminoácidos y los nucleótidos, son utilizadas para distinguir entre las carnes de diferente calidad nutricional. El perro, más omnívoro, ha retenido su habilidad para detectar azúcares y otros compuestos de sabor dulce que pueden identificar a los materiales vegetales con un alto contenido digerible de energía, como las frutas.
El contraste más grande entre gatos y perros, por una parte, y la mayoría de los mamíferos por la otra, es la aparente falta de papilas gustativas específicas para detectar la sal, las cuales, en las ratas y las cabras, suman más de la mitad de las neuronas del nervio facial. Ya que el sodio es esencial para la función renal y nerviosa, la detección del contenido de sal en los alimentos es, evidentemente, una alta prioridad para la mayoría de los omnívoros y herbívoros, pero el alimento de los carnívoros es inevitablemente balanceado en sal como resultado directo de esta prioridad. Sin embargo, es muy posible que las unidades receptoras de la sal sigan sin ser detectadas en el nervio glosofaríngeo, el cual todavía no ha sido definido adecuadamente tanto en perros como en gatos.
Olfato
El sentido del olfato es usado de dos diferentes maneras, ya sea por sí solo (cuando por ejemplo su gato investiga un objeto oliéndolo) o en conjunción con el sentido del gusto, tal como está descrito anteriormente. Los perros, y en menor medida, los gatos, dependen del sentido del olfato en un mayor grado que nosotros y, quizás, lo más sorprendente es que el olfato es el menos comprendido de todos los sentidos en los animales.
La parte de la nariz que ejerce la función de detectar olores volátiles es una estructura compleja formada por los huesos en forma de turbina o caracol, también conocidos como cornetes. La mayoría de la superficie epitelial contiene células no sensoriales y su función es limpiar, humedecer y calentar el aire que inhala su gato antes de que contacte las delicadas áreas olfativas. Estas estructuras están más desarrolladas en el perro que en el gato, presumiblemente porque los lobos son más activos que los gatos y por esto son propensos a inhalar por la nariz más cantidad de aire, mucho más rápido.
El epitelio olfativo, el cual contiene neuronas receptoras, está contenido en los huesos etmoidoturbinales. Para dar una idea de la importancia que tiene el olfato en los animales, la superficie epitelial en los perros mide 18-150 cm2 (dependiendo de la raza) y 21 cm2 en los gatos, mientras que en los humanos sólo mide 3-4 cm2. La mucosa olfativa, tanto en el perro como en el gato, es una estructura relativamente simple comparada con, por ejemplo, la de la retina (ojos). Dicha estructura olfativa está cubierta por una capa de moco, que es secretado por las glándulas de Bowman, dentro de las cuales el aire que transporta las moléculas que causan el olor deben ser disueltas antes de que puedan ser detectadas.
Los receptores "per se" están localizados principalmente en cilios, los cuales yacen en el moco, y están unidos a las células receptoras. Tanto en los perros como en los gatos, estos cilios son más largos y más numerosos que en muchas otras especies, presumiblemente para aumentar la habilidad sensitiva o discriminatoria en su sentido del olfato. Entre las células receptoras yacen las células de soporte, las cuales mueven grandes números de microvellos al moco. Tanto las células receptoras como las de soporte son constantemente renovadas.
Cada célula receptora es una neurona, la cual transmite información olfativa a través de una fibra nerviosa (axón) a las neuronas secundarias en el bulbo olfativo. El clasificar los receptores por tipos, con especificaciones químicas distintas, de la misma manera que ha sido posible hacerlo con las neuronas del gusto, ha resultado ser mucho más difícil. La calidad distintiva del olor en un componente en particular, es entonces presumiblemente generado por la comparación entre los patrones de descarga de los varios tipos diferentes de receptores. Debido a este nivel de complejidad (10x-12 metros evaporados a una billonésima de milímetro), es muy difícil establecer comparaciones entre especies a nivel electrofisiológico, que puedan ser interpretadas en términos de la función olfativa.
Los gatos deliberadamente olfatean objetos y la duración de este olfateo parece ser el momento óptimo para la exposición del epitelio olfativo al estímulo. Ciertamente, la tasa de olfateo natural produce el mayor porcentaje de discriminación en el hombre.
El órgano vomeronasal
El órgano vomeronasal (OVN) provee un tercer sentido químico, el cual no es compartido por los hombres. La estructura de este órgano es bastante similar, tanto en los gatos como en los perros. El par de sacos llenos de fluidos que comprenden el órgano vomeronasal, es conectado a través de finos conductos al canal nasopalatinal, el cual corre desde la parte inmediatamente posterior de los incisivos superiores hasta la cavidad nasal. Existe evidencia, tanto de conducta como neurofisiológica, que conecta la función del órgano vomeronasal a la conducta sexual.
Se piensa que el estímulo químico, usualmente proveniente de la orina en el caso de los gatos, es transferido al órgano vomeronasal por medio de un mecanismo de bombeo. El fluido de los sacos es expelido dentro del canal, posiblemente tan lejos como el paladar, y es luego retornado al órgano vomeronasal transportando las señales químicas. En el gato esto va acompañado de un gesto parecido a un bostezo, o comportamiento de Flehmen, en el cual el labio superior es levantado y la boca se mantiene abierta por algunos segundos.
Puntos clave
Los gatos no son capaces de detectar el azúcar, pero son sensibles a los aminoácidos de sabor dulce.
Los gatos carecen de papilas gustativas específicas para detectar la sal.
Fuente de información: una adaptación de Bradshaw, J.W.S. (1992). Biología de la Conducta, en el Libro Waltham de Conducta en Perros y Gatos, (ed. C. Thorne), Capitulo 2. pgs. 31-52. Pergamon Press, Oxford.
|